El deporte favorito del Congreso colombiano parece ser creer que los graves problemas de la educación se resuelven con la creación de una nueva cátedra, en el ya sobresaturado Plan de Estudios de la Educación Básica y Media. Esta vez, el Congreso aprobó el proyecto de ley que establece la Cátedra de Educación Emocional como materia obligatoria en colegios públicos y privados del país. Sin embargo, esta decisión desconoce el marco legal existente y perpetúa un modelo pedagógico obsoleto.
La Ley 115 de 1994 ya había establecido áreas obligatorias como ética, educación en valores humanos y ciencias sociales, todas orientadas a fortalecer la convivencia, la identidad y la autonomía. El problema con la Ley 625-2025 no es sólo que duplique esfuerzos, sino que desconoce el enfoque de áreas del conocimiento y retrocede al modelo de asignaturas aisladas. Las competencias emocionales y ciudadanas, según los Estándares Básicos en Competencias Ciudadanas (MEN, 2004), fueron concebidas para ser transversales: cada docente debe fomentar un ambiente democrático donde los estudiantes ejerciten la ciudadanía y desarrollen habilidades socioemocionales. La ciudadanía, después de todo, se construye con prácticas, no con memorización.
El marco metodológico de los Estándares Básicos es claro: las competencias ciudadanas se dividen en tres componentes —procesos (cognitivos, emocionales y comunicativos), contextos (familiares, escolares y sociales) y conocimientos (derechos humanos y cívica)— e incluyen procesos emocionales esenciales como la empatía, la gestión de conflictos, el respeto a la diferencia y la regulación de emociones. La Ley 625, en lugar de aprovechar esta estructura, la ignora. ¿Por qué? ¿Se trata de ignorancia, de un “borrón y cuenta nueva” o de un interés oculto en reducir la educación ciudadana a un ejercicio de adoctrinamiento?
La contradicción se hace más evidente al compararla con la Ley 2383-2024, que promueve la educación socioemocional de manera transversal. Mientras esta última busca integrar habilidades en todas las áreas, la Ley 625 opta por sobresaturar el currículo con una asignatura más, rompiendo los principios curriculares de la Ley 115-1994. El riesgo es claro: reducir el aprendizaje socioemocional a la transmisión de contenidos teóricos, como si la empatía o la resiliencia pudieran enseñarse únicamente mediante clases magistrales.
Lo que Colombia necesita no es otra cátedra, sino integrar la educación socioemocional en todas las áreas: desde matemáticas hasta educación física. Allí es donde los estudiantes ponen en práctica la cooperación, el respeto a la diversidad y la gestión de emociones. La pregunta, entonces, sigue vigente: ¿de qué sirve acumular asignaturas si no se transforma la atmósfera moral que rige la vida en las escuelas?
Gonzalo Ordoñez Gómez
