Ayer no más, mientras esperaba a unos amigos para la tertulia en un conocido sitio de la ciudad, se me acercó un conocido y me dijo si podía hacerme una pregunta. Por supuesto que sí, le respondí, luego procedió a sentarse y de una me inquirió si yo ya estaba jubilado, a lo cual respondí afirmativamente. Me dijo entonces que él ya tenía tres meses pensionado y que se aburría tremendamente, y que, si a mí me pasaba igual, a lo que respondí que definitivamente no, y procedí a decirle que en estos tiempos nos han inculcado que lo único que vale es la ocupación con un fin de productividad, para lo cual nos entrenamos descuidando la educación en lo que nuestros padres conocían como artes liberales, como filosofía, literatura, pintura, música, artes que están al servicio del individuo en el propósito de ensanchar su mente, su espíritu, y por tal motivo se expresan en fiesta, en liturgia, en celebración. Nuestra sociedad actual las valora muy poco y solo reconoce lo que es útil en términos de mercado, por lo cual también estimula las actividades que distraen, las que se compran y se venden para mitigar el sin sentido de una vida vivida solo desde el utilitarismo. Se ha desvalorizado el ocio, dije, al que Aristóteles consideraba como condición para lograr una vida virtuosa, es decir, más allá del conocimiento, más cerca a la sabiduría dado que es la única actividad que permite la contemplación, dejando observar al mundo como a un todo. Para el filósofo tomasino Josef Pieper significó la manera de abrirse a la creatividad y a la espiritualidad, advirtiendo que solo lo es posible liberándonos de la lógica de la utilidad y de la productividad. El ocio es la actitud receptiva, alegre, desprevenida, contemplativa, que no se encaja en lo útil y menos en lo inútil, que difiere tanto de la pereza como del trabajo. Es una opción voluntaria e inequitativa, cuyo privilegio lo tienen hoy los poderosos y los jubilados pero que la humanidad tiene pendiente conquistar para todos. El negocio es la negación del ocio, palabra derivada del latín otium, cuya connotación es la ausencia de responsabilidades y obligaciones y que los griegos para referirse en el mismo sentido usaron la palabra skhole, agregando un sentido de aprendizaje y cultivo personal. Guardé entonces silencio y él se despidió con actitud reflexiva que espero le sirva para buscar el camino de la contemplación y el sentido de la vida.
Jaime Calderón Herrera
