La democracia que creen pero que no sienten

Así lo revela con claridad el reciente estudio de percepción realizado por Cifras y Conceptos, EL TIEMPO, la Fundación Corona, la London School of Economics, NextGenC y la Fundación Bolívar Davivienda, con más de 3.200 entrevistas en 46 municipios del país.

El dato más urgente es, a la vez, esperanzador: el 61 % de los jóvenes considera muy importante vivir en un país gobernado democráticamente. Esta cifra es un clamor, una afirmación de que Colombia aún puede contar con sus nuevas generaciones para sostener las libertades y la deliberación ciudadana. Sin embargo, la satisfacción con el funcionamiento de esa democracia es baja: solo el 20 % está muy satisfecho, mientras el 32 % se declara poco satisfecho y casi la mitad se mantiene en un punto neutro.

Este desencanto no es menor. Significa que una parte significativa de jóvenes reconoce el valor del sistema democrático, pero percibe que no funciona como debería. Esta brecha entre creer y experimentar la democracia se traduce en frustración, desconfianza y potencial apatía.

Más preocupante aún es la percepción de que la democracia “solo sirve a los políticos” o funciona de manera limitada en la vida de la gente, resultado que también aparece en el estudio y que hoy se traduce en una crítica genuina al sistema.

La juventud colombiana no solo está evaluando instituciones, también está redefiniendo sus propios mapas ideológicos. En los últimos cuatro años, se ha visto una disminución del respaldo a la izquierda, con un crecimiento del centro y la derecha, lo que indica una reconfiguración ideológica significativa entre los jóvenes. Esta transformación no es trivial: habla de una generación que busca maneras nuevas de interpretar y participar en la política más allá de los tradicionales dogmas ideológicos.

Pero aquí está el punto clave: creer en la democracia no es suficiente si esa creencia no se traduce en participación activa, en conocimiento, en educación cívica y en prácticas concretas de ciudadanía. No basta con afirmar que la democracia es valiosa, hay que enseñarla, alimentarla y reformarla para que responda a las demandas reales de los jóvenes.

Este estudio es una alarma y, a la vez, una invitación. Colombia necesita urgentemente una pedagogía cívica que conecte el ideal democrático con la experiencia diaria de sus jóvenes. Necesita espacios de deliberación, educación crítica y mecanismos reales de participación. Sin esto, corremos el riesgo de transformar a los jóvenes de creyentes de la democracia en espectadores indiferentes de su propio destino.   

María Ximena Mantilla

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