El dolor en el alma, la impotencia y la indignación son infinitos. En un momento fatídico, el país retrocedió a sus peores épocas, cuando la violencia política y las mafias cegaron las vidas de Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara, Carlos Pizarro, Bernardo Jaramillo y Álvaro Gómez, entre otros importantes personajes de la vida nacional. Se repitió la historia de dolor, y hoy Alejandro, el pequeño hijo de Miguel Uribe Turbay, de apenas cuatro años, es privado del amor y la presencia de su padre, a la misma edad en que a Miguel le arrebataron a su madre.
Colombia merecía un presidente con las cualidades excepcionales de Miguel Uribe Turbay, cuyas profundas convicciones democráticas eran su mayor fortaleza. Pero esa esperanza se desvaneció cuando fue gravemente herido por las balas asesinas. Su familia y el país entero permanecieron en vilo durante dos largos meses, esperando su recuperación. Durante ese tiempo, la solidaridad hacia Miguel fue un factor de unión entre ciudadanos de todas las regiones y condiciones. Lamentablemente, perdió la batalla, y Miguel partió de este mundo a causa de la violencia política, cuyo origen también está en la violencia verbal desde las altas esferas del Estado, como bien lo expresó el presidente de la Corte Constitucional.
El país no puede aceptar que se condene a muerte a quienes defienden la legalidad, la justicia y la libertad, mientras se otorga impunidad a los criminales. No se puede permitir que el Estado proteja a delincuentes y organizaciones criminales, pero no sea capaz —o no quiera— proteger a quienes cumplen con la ley, como lo ordena la Constitución.
El asesinato de Miguel nos obliga a despertar. No podemos seguir gobernados por el clientelismo, la politiquería y la corrupción que él combatía con tanto empeño. Tampoco debemos tolerar los abusos de poder ni la instigación al odio y al resentimiento. La sociedad civil debe exigir a los partidos políticos y a quienes aspiran a dirigir el país que dejen de lado sus egos y trabajen por edificar consensos para la reconstrucción de una nación en la que la convivencia y el bienestar social sean posibles, fundamentados en principios de legalidad, integridad, seguridad, libertad, honestidad, equidad y justicia.
El asesinato de Miguel buscaba claramente amedrentar a la oposición, privándola de uno de sus principales candidatos. Sin embargo, lo ocurrido tendrá el efecto contrario: lo inmortalizará y evitará que sus ideas sean destruidas, para que prevalezcan y sirvan de faro para nuestros jóvenes y políticos. Desde aquí, clamamos por justicia. Que no haya impunidad para los determinadores ni para quienes instigaron este abominable crimen.
Martha Elena Pinto de De Hart
