Colombia vulnerable

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En uno de los tantos foros organizados para evaluar el año y anticipar amenazas, se le preguntó a Michael Reid, exdirector de The Economist para América Latina, qué titular pondría a las perspectivas de nuestro país. No titubeó al responder: “Colombia vulnerable”. Sustentó su apreciación en la alta exposición a factores geopolíticos, los abultados déficits fiscal y de balanza de pagos, la concentración de nuestra relación comercial, la expansión del crimen organizado y la inseguridad, la fragmentación del sistema político, la fragilidad de los partidos y el fracaso de los gobiernos de la última década, que han desperdiciado oportunidades en un mundo que se cobra caro no aprovechar las ventajas.

En coherencia con este diagnóstico, encontramos que el poderío estadounidense y el arma arancelaria se combinan con los talantes de los presidentes Trump y Petro para configurar escenarios especialmente complejos para Colombia. El impredecible desenlace del despliegue bélico frente a Venezuela —si EE. UU. no logra el efecto persuasivo de una retirada incruenta de Maduro— incidirá negativamente en nuestro clima político. El renovado interés de Washington por intervenir en la región puede avivar sentimientos nacionalistas que agraven aún más la polarización que hoy se respira en el país.

Aún más alarmante es el auge del crimen organizado. Hace unos meses señalamos que “hoy el crimen organizado no se oculta. La violencia dejó de ser anómala y, gracias a su inmensa capacidad de intimidación, se ejerce con naturalidad”. Se fortalecen estructuras que controlan amplias zonas del territorio y se multiplican bandas dedicadas al hurto, al sicariato y la extorsión, mientras clanes políticos desfalcan los recursos públicos. Todo ello alimenta la sensación de desamparo: el Estado, lejos de garantizar derechos básicos, aparece debilitado y distante de su deber de proteger al ciudadano y administrar justicia.

La fragmentación política se hace evidente en la confección de las listas de aspirantes al Congreso, en la proliferación de precandidatos presidenciales y, a escala local, en las elecciones atípicas de nuestra ciudad. Varios partidos han mutado a plataformas hechas a la medida de ambiciones personales. El negocio de los avales —convertidos en patentes para empresas electorales dedicadas a capturar decisiones públicas— termina en desfalcos y en una perversa privatización de lo colectivo, que impide trazar rumbos de desarrollo y corregir las desigualdades de nuestra sociedad.

Al acudir al diccionario de María Moliner encontramos esta definición de vulnerable: “susceptible de recibir un daño o perjuicio, o de ser afectado o vencido por algo. Débil”. A la luz de nuestra realidad, y de los riesgos que preferimos ignorar, cuesta contradecir el encabezado propuesto por Reid: Colombia vulnerable.

Álvaro Beltrán Pinzón

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