La paleontología y la biología evolutiva nos enseñan que nuestro planeta ha tenido un flujo de vida a través del tiempo, al menos durante unos ~3.800 millones de años (Ma). Este flujo de vida vincula diferentes grupos de organismos en linajes biológicos que, por parentesco, conectan especies antiguas (fosilizadas) con especies de la biósfera actual. Por esta razón, en términos de ancestros comunes, podemos decir que la biología humana lleva diversas herencias genéticas tanto de primates como de reptiles, anfibios, peces y bacterias.
Por otro lado, la geología nos enseña que nuestro planeta se formó hace unos 4600 Ma, y que sus masas continentales han experimentado un crecimiento a través del tiempo, con ciclos de agrupamiento (formando supercontinentes) y fragmentación (formando continentes y micro-continentes). Los geólogos han dado diferentes nombres a esas antiguas masas continentales. Por esta razón, en términos paleogeográficos-distribución pasada de la geografía terrestre-, podemos decir que los humanos llevamos también diversas huellas de esos ecosistemas pretéritos que existieron en esas masas continentales, en las cuales vivieron algunos de nuestros lejanos ancestros. Por tanto, aunque hoy somos sudamericanos, también somos algo gondwaníamos, por Gondwana: ese continente antiguo que integraba Sudamérica y África, principalmente. Y también somos pangeanos, por Pangea: ese supercontinente que se formó hace unos 300 Ma, en el cual estaba incrustada gran parte de Sudamérica. Y siguiendo nuestras raíces hacia mayores profundidades en el tiempo, también somos rodinianos, por Rodinia: ese supercontinente que existió hace unos 1000-1200 Ma, el cual debió estar desprovisto de vida (sin vegetación ni organismos en su superficie), aunque en los mares y océanos de su entorno proliferaba la vida unicelular. Hace unos 600 Ma, en esos ambientes acuosos, también emergió la vida pluricelular. La conquista progresiva de los nuevos hábitats de la superficie terrestre, inició hace unos 450 Ma. Nosotros: la especie Homo sapiens, comparativamente somos los últimos organismos integrados a la gran fiesta de la vida, hace tan solo unos 250-300 mil años atrás.
Toda esa historia épica referida, podemos enseñarla y recrearla mediante diferentes dinámicas, aprovechando el registro geológico que ofrece el Cañón del Chicamocha. En su pasado hay elementos para reforzar la identidad regional, para generar acciones educativas transformadoras, y para impulsar diferentes dinámicas creativas e innovadoras. Las ingentes oportunidades que ofrece el pasado de ese grandioso territorio, y toda su rica cultura, conectan con el sentido de los ‘Geoparques Mundiales de la UNESCO’: una iniciativa que merece ser materializada colectivamente. En la próxima columna, continuaremos comentando detalles de esa historia natural de nuestro territorio, para vislumbrar las potencialidades que ofrece para el desarrollo de nuestra región.
Luis Carlos Mantilla Figueroa
