El humorista gráfico español Andrés Rábago, El Roto, retrató con precisión este malestar contemporáneo en una de sus caricaturas: dos personas conversan en un supermercado y una exclama, con ironía, “¡Qué maravilla! ¡Cuánta variedad de lo mismo!”. La frase resume el hartazgo que hoy se percibe frente a procesos electorales que, pese a la abundancia de candidatos, no logran ofrecer alternativas esperanzadoras.
Desde hace algunos años, las encuestas de opinión en democracias consolidadas revelan una paradoja inquietante. Aunque cerca del 78 % de los ciudadanos considera que la democracia es un buen sistema de gobierno, casi la mitad vería con buenos ojos ser gobernada por expertos, un cuarto no descarta a un líder fuerte, y otro tanto admitiría un gobierno militar. En países como Italia, Reino Unido, Francia, España, Polonia o Hungría, apenas un 37 % se compromete exclusivamente con la democracia. Entre los jóvenes occidentales, un 40 % afirma que no le importaría vivir bajo un régimen no democrático si se le asegura bienestar material.
La idea de que los propios límites de la democracia impiden resolver los problemas sociales nos vuelve especialmente vulnerables a la manipulación. Hannah Arendt lo advirtió con claridad: “El sujeto ideal para el gobierno totalitario no es el nazi o el comunista convencido, sino la persona para quien la distinción entre hechos y ficción, entre verdadero y falso, ya no existe”.
En El régimen de la insensatez, José Antonio Marina señala que la fascinación por el poder no es solo una inclinación humana recurrente, sino una pulsión que es estimulada y dirigida mediante la manipulación de creencias, emociones y miedos colectivos. Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Putin, Erdogan, Chávez o Trump contaron, en su momento, con amplios respaldos populares, menos por la solidez de sus propuestas que por la eficacia de relatos simplificadores que ofrecían certezas en medio de la confusión.
Estos liderazgos se consolidan cuando una creencia nos vuelve impermeables a la razón. El prejuicio selecciona solo la información que lo confirma; el dogmatismo se arroga la posesión de la verdad; el fanatismo añade la pasión que anula cualquier matiz. En todos aparece el mismo rasgo: la certeza absoluta sobre lo que no se sabe.
Resistir esa deriva es hoy un deber cívico. La insensatez —recuerda Marina— no se impone por la fuerza, sino por la repetición de ideas simples o consignas que alivian la angustia y desactivan el juicio. Defender la democracia exige pensar, dudar y desconfiar de quienes prometen soluciones totales. Cuando una sociedad se cansa de la democracia, no siempre busca algo mejor; con frecuencia ha sido conducida, sin advertirlo, a aceptar algo peor.
Álvaro Beltrán Pinzón
