Es un hecho. Hablamos mucho y conversamos poco. Abundan las opiniones en primera persona del plural: “tenemos que cambiar”, “debemos construir país”, expresiones que al no tener rostro ni responsabilidad clara, no dejan de ser frases que terminan flotando en el aire, en una suerte de queja compartida en la que muchos coincidimos y sin embargo pocos acertamos a resolver.
Esa “sutil” categoría del número en nuestro lenguaje, que refiere al plural y el singular hace la diferencia entre el opinar y el accionar. Dicho de otra manera, de quedarme en el “balcón” de los espectadores o bajar decididamente al escenario como un “actor” que propone y resuelve.
Hacer un llamado al uso de la primera persona del singular, no equivale a ensalzar ese “yo” del ego con su opinión superficial, sino a rescatar ese “yo” que se compromete, que asume su parte, que se vuelve testimonio y ejemplo. Y de ninguna manera riñe con la idea de colaboración y articulación de esfuerzos: si solo me reúno con otros para afirmar anhelos colectivos, difícilmente podré pasar a la acción que exige mi compromiso con el propósito superior.
La filósofa alemana Hannah Arendt, una de las pensadoras políticas más influyentes del siglo XX, advierte que “donde todos son culpables, nadie lo es”. Para ella, la responsabilidad individual es la base de la libertad, ya que implica asumir las consecuencias de las propias acciones y contribuir a la construcción de un mundo común.
Recuperar la primera persona es, entonces, un acto de libertad y de juicio. Es decidir no esconderse en la trinchera del “nosotros” impersonal, sino hablar y actuar desde un lugar concreto: yo.
Esa elección consciente es el inicio de cualquier cambio. Y para nuestra realidad significa traer a nuestras conversaciones el : “yo propongo”, “yo escucho”, “yo respeto la fila”, “yo me hago cargo”, “yo no soborno”, “yo ayudo al vecino”, todas estas declaraciones de las que difícilmente podremos evadirnos y con las que otros tendrán claro el alcance de nuestro compromiso.
Por eso, educar a las nuevas generaciones en esta forma de conversar y actuar es una tarea urgente. No basta con enseñar normas de convivencia o civismo en abstracto. Debo enseñar con el ejemplo: mostrar cómo el “yo hago” vale más que el “deberíamos hacer”.
Solo cuando cada uno asume su parte, cuando el “yo” no es refugio sino punto de partida, puedo empezar a tejer un “nosotros” más fuerte, más justo y sostenido.
María Ximena Mantilla
