En la calle 53 con carrera 37, en Bucaramanga, hay un hueco. Es grande, profundo y lleva semanas ahí, poniendo en riesgo a carros, motos, bicicletas y peatones. No sé cuántos han caído ni cuántos sustos ha provocado. Tampoco digo que sea el único. Hay más, muchos más, repartidos por la ciudad, integrados al paisaje urbano que ya casi no miramos: lo esquivamos.
Los vemos, los sufrimos y nos quejamos. Ese parece ser el ciclo. Por eso este “hueco” sirve de excusa para hablar de todo aquello que empieza a naturalizarse, de lo que dejamos de cuestionar porque “siempre ha estado ahí”. Y, sobre todo, para preguntarnos en qué momento comenzamos a mirar la ciudad desde un balcón: indignados, pero pasivos; críticos, pero distantes; convencidos de que poco o nada podemos hacer para cambiar la realidad.
Huecos, inseguridad, movilidad precaria, informalidad, deterioro del espacio público, una cultura ciudadana frágil. La lista es larga y conocida. Lo inquietante no es solo su existencia, sino la postura que adoptamos frente a ella. Esperamos que “alguien”, la autoridad, la administración de turno, resuelva. Y mientras esperamos, el daño crece. El “hueco” se agranda y la ciudad se desgasta.
Aquí aparece un asunto clave que solemos reducir al día de elecciones: elegir. Elegir importa, y mucho. Pero importa todavía más lo que hacemos después con esa elección. Estar atentos a quienes elegimos no solo para exigirles cuentas, sino para proponer, participar y articular esfuerzos. Gobernar una ciudad no pasa únicamente por asegurar y gestionar recursos; pasa también por lenguajes que convoquen, que incluyan, que inspiren trabajo conjunto y sentido de propósito.
Apenas si se conoció el nombre del nuevo alcalde, tras las elecciones atípicas, cuando las redes sociales ya estaban llenas de discursos disonantes, de quienes ostentan calidad de líderes, mensajes revanchistas, celebraciones excluyentes y descalificaciones anticipadas. Como si esto se tratara de quién gana y quién pierde. Y no. Esto no va de bandos. Se trata de que quien fue elegido represente a todos, incluso, y sobre todo, a quienes no votaron por él.
La ciudad no se gobierna desde trincheras, no se sostiene desde el resentimiento ni se repara desde la burla o el ataque constante. Se gobierna con presencia, con escucha y con ciudadanía activa. Y eso nos incluye. Elegir es apenas el comienzo. Lo que sigue es vigilar, sí, pero también involucrarse, proponer, cuidar y construir juntos.
Tal vez el problema no sea solo el hueco en la calle. Tal vez sea el “hueco” que dejamos crecer cuando renunciamos a ser ciudadanos activos. Ese vacío que aparece cuando preferimos esquivar, quejarnos y seguir, en lugar de detenernos, involucrarnos y hacernos cargo.
María Ximena Mantilla
