Se ha dicho que encuestas y redes sociales son hoy dos factores decisivos en la formación de la opinión electoral. Las primeras buscan, mediante herramientas estadísticas, medir preferencias, establecer preocupaciones ciudadanas y proyectar resultados. También influyen en la manera como los candidatos jerarquizan temas y afinan su discurso. Las segundas, en cambio, operan bajo lógicas de visibilidad que suelen premiar el impacto emocional, y no siempre la racionalidad.
La combinación puede ser explosiva. La lectura apresurada de una medición empuja a veces a buscar “preponderancia” en plataformas digitales, y ese afán conduce a campañas que confunden el debate con la provocación. Lo retrata una caricatura de Mheo: un asesor le dice al candidato que deberán cambiar su imagen, porque el electorado lo percibe como “tranquilo, ponderado y respetuoso”. La ironía es evidente: en tiempos de ruido, la sensatez parece un defecto que debe corregirse.
Conviene, entonces, revisar el comportamiento de las encuestas en Colombia. Según Cifras & Conceptos, al evaluar las elecciones de 2022 se encontró que el 52 % decidió su voto con seis meses de antelación; un 17 %, con tres meses; y el resto, entre el día 30 y el día 0. Por otra parte, al contrastar preferencias registradas seis meses antes en las diez elecciones presidenciales que han tenido lugar desde 1986, se advierte que esa medición se mantuvo en menos de la mitad de los casos. Dicho de otro modo: la fotografía temprana rara vez es el veredicto.
Con ese telón de fondo, las mediciones recientes de Invamer y Guarumo —un semestre antes de los comicios de mayo de 2026— no pueden leerse como sentencia. Sí permiten, eso sí, observar afinidades políticas relativamente estables: derecha alrededor de 34 %, izquierda 26 %, centro 20 %, y un 20 % sin definición.
La Encuesta Polimétrica 2022 estableció que “Los indecisos están concentrados en las grandes ciudades, se identifican ideológicamente con el centro y solo empiezan a interesarse en los temas de campaña en las últimas dos semanas”. Por lo demás, es muy posible que una estrategia basada en la polarización termine por exacerbar a los convencidos y por fatigar a quienes aún buscan razones.
De ahí un llamado. Las encuestas son brújulas, no oráculos; las redes, altavoces, no escenarios deliberativos. Convertir una medición en destino y una tendencia en mandato es renunciar al propio juicio. La responsabilidad democrática empieza por el lenguaje: por cómo se informa, se discute y se convoca. Si bajamos el tono y subimos la argumentación, quizá la campaña sea competencia de ideas y no una fábrica de resentimientos que luego nadie podrá contener.
Álvaro Beltrán Pinzón
