Puede ser cuestión de “percepción” como dicen los expertos sin embargo el tema es que cada vez resulta más difícil que en alguna conversación no nos encontremos con alguna historia de “alguien” que robaron, que atacaron, que “tumbaron”. Se me ocurre que cada uno de estos hechos, evidencia una especie de grieta invisible que aparece con la pérdida de confianza en el otro. Una fractura que erosiona los vínculos y debilita la posibilidad de construir comunidad.
A propósito, los resultados más recientes de la Encuesta Mundial de Valores (WVS), un proyecto global de investigación social que explora los valores y opiniones de la gente, cómo estos cambian con el tiempo, y su impacto social y político en casi 100 países, presenta a Colombia, en su última medición, como un país de contrastes: el 99 % de los colombianos valora la familia y el 97 % el trabajo; el 91 % se considera feliz o bastante feliz, y el 93 % está orgulloso de ser colombiano. Somos una sociedad que persevera, que cree en el esfuerzo y el progreso, el 40 % se orienta hacia el futuro y el 18 % tiene una mentalidad de hacerse cargo. Sin embargo, bajo esa aparente fortaleza se esconde una “fisura” que amenaza con ampliarse: la confianza interpersonal.
Sus resultados señalan que al preguntar si “¿se puede confiar en la mayoría de las personas o es necesario ser muy cuidadoso al tratar a la gente?”, una proporción muy alta de encuestados prefiere ser cautelosa, en línea con una tendencia observada en encuestas anteriores. La confianza general apenas llega al 4 %, y aunque la familia concentra el 88 % de la confianza, las instituciones apenas superan el 50 % en el mejor de los casos, Iglesia y universidades, mientras que los partidos políticos apenas alcanzan el 4 %. La desconfianza se ha vuelto nuestro idioma cotidiano.
Sin confianza, no hay ciudadanía posible. Porque creer en el otro es lo que sostiene el tejido invisible de la sociedad, aquello que podría cerrar esa “grieta” que nos encierra en la sospecha y debilita aún más la participación, que hoy apenas alcanza al 26 % de los colombianos con interés en la política, y nos deja a merced del individualismo. ¿Los resultados? Una sociedad polarizada en la que confiar en el propio vecino requiere un esfuerzo de proporciones mayúsculas.
Reconstruir la confianza implica coherencia entre palabra y acción, y esto pasa por la transparencia que se asienta en los hechos, en la rendición de cuentas sostenida. También supone una ciudadanía más activa, que participe, respete las normas y cuide los espacios comunes.
María Ximena Mantilla
