Y Bucaramanga, ¿qué celebra?

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La feria es bonita, pero no mía.” Esta frase podría resumir un sentimiento de muchos ciudadanos frente a una celebración que, aunque llena de “luces”, todavía no logra encender el corazón de todos los bumangueses.

Cada año Bucaramanga celebra su tradicional Feria Bonita. Diez días en los que la ciudad se llena de música, colores y sabores, en una oferta que para este año llega a 70 actividades, de acuerdo con la programación del Instituto Municipal de Cultura y Turismo. En medio de toda esa algarabía afloran distintas percepciones: para algunos es alegría y tradición; para otros, congestión y desorden, por eso hay quienes la esperan con emoción, otros quienes apenas la notan o también quienes sólo esperan que termine pronto para volver a la “normalidad”. Este contraste no es una crítica, sino una oportunidad. Nos recuerda que, si bien se han hecho esfuerzos importantes por ofrecer una programación diversa, es necesario dar la milla extra para seguir fortaleciendo el vínculo emocional entre la Feria y la ciudadanía.

Las ferias en esencia, son mucho más que entretenimiento. Son espacios de encuentro que refuerzan la identidad local, celebran la cultura, comparten el patrimonio, generan interacción social, impulsan la economía y proyectan la ciudad hacia afuera. Cuando se construyen colectivamente, las ferias no solo entretienen: también unen, enseñan y representan. Por eso, una feria con sentido no se limita a una cartelera de eventos. Es un escenario vivo donde la ciudad se reconoce en sus historias, sus personajes, sus artistas, su música, sus sabores y sus memorias. Es un momento donde el arte, la palabra y el juego propician el encuentro entre generaciones, territorios y formas de ver el mundo. Es una oportunidad para que cada barrio, cada comunidad, cada colectivo pueda decir: “esto también es mío”.

¿Qué tal si le apostamos a vivir una Feria con más identidad? Y no me refiero a pensar en más actividades, de hecho, podrían ser menos, pero trabajadas colaborativamente en el transcurso del año, como parte de un esfuerzo articulador con instituciones educativas, colectivos, líderes y comunidades con quienes vamos dando sentido y significado a cada encuentro anual.

Tal vez ha llegado el momento de abrir aún mas la conversación. De sumar ideas, escuchar necesidades, recuperar tradiciones, imaginar nuevos formatos. Que la Feria no pase por la ciudad, sino que nazca en ella. Que no sólo se vea, sino que se viva. Que no solo convoque, sino que represente.

Ese puede ser el siguiente gran paso: una feria pensada entre todos, con todos, para todos. Una fiesta en la que no haya que preguntar “¿qué se celebra?”, porque todos sabremos la respuesta: nos celebramos a nosotros mismos.

María Ximena Mantilla

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