La manipulación del lenguaje

En días recientes, el narrador argentino Andrés Neuman puso en circulación Hasta que empieza a brillar, novela biográfica sobre María Moliner, bibliotecaria y filóloga que dedicó dieciséis años a construir su monumental Diccionario de uso del español. En sus páginas se recuerda cómo esta obra, con más de ochenta mil entradas, llegó a convertirse en referencia para los propios académicos, hasta desplazar al diccionario oficial. Aun así, a Moliner se le negó el ingreso a la Real Academia de la Lengua: pesaron su condición de mujer y el señalamiento de un pasado político oscuro. Paradójicamente, su diccionario fue elaborado en plena dictadura franquista, como si fijar con rigor el sentido de las palabras fuera una forma silenciosa de resistencia.

No es un detalle menor que una vida entera se haya consagrado a fijar significados. El lenguaje no es solo un vehículo de comunicación, sino también una herramienta de poder. Los discursos, las leyes y los decretos van trazando los contornos de lo posible. Al definirse las palabras, se delimita y condiciona aquello que la sociedad percibe, espera o tolera. No es igual hablar de “inversión en seguridad” que de gasto en “armamento bélico”, ni despierta la misma reacción mencionar “justicia” o “venganza”. El vocabulario orienta la mirada colectiva y, con ella, la interpretación de la realidad.

Por eso la manipulación del lenguaje ha acompañado siempre a la política. Una palabra puede justificar una guerra, desactivar una protesta, maquillar una crisis o encubrir una deriva autoritaria. No se trata de la evolución natural del idioma, sino de algo más calculado: alterar con rapidez y de manera impuesta el significado de los conceptos, como parte de una estrategia deliberada de influencia.

Cuando se distorsionan nociones esenciales —libertad, paz, justicia, democracia, ciencia o trabajo— se abre la puerta a conclusiones extremas. La historia puede interpretarse como una cadena incesante de abusos; el presente, como la herencia inevitable de un crimen moral; el futuro, como una ruptura necesaria para “empezar de cero”. Bajo esa premisa se puede derrumbar cualquier sistema. No sorprende que se prometa “arreglar el pasado” destruyendo lo que hoy existe, o llegar a la naturalización de las desigualdades tras la “preservación del orden”.

En su obra, María Moliner ofrece dos acepciones reveladoras del verbo manipular: alterar algo con habilidad y malicia para lograr un fin e influir en alguien para inducirlo a pensar o actuar de cierta manera. Conviene recordarlas en tiempos en los que las palabras se propagan sin pudor. Porque cuando se tuerce el lenguaje, son los ciudadanos —y no solo el debate— los que terminan viviendo las consecuencias.

Álvaro Beltrán Pinzón

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One thought on “La manipulación del lenguaje

  1. Muy interesante estas reflexiones del ingeniero Alvaro Beltran y yo le agregaria otro capitulo que es la mania de muchos columnistas de usar palabras en ingles, que ellos consideran mas elegantes y mas sonoras que las en nuestro clasico y rico idioma castellano. Conte diez palabras en un articulo de sicologia (o psicologia) muy rebuscadas que perfectamente podian haber sido escritas en nuestro idioma.

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